Tomás García de la Plaza | 23/05/2007
Tenía el partido sabor a revancha para el Milán. El equipo del gran Paolo Maldini, ya mítico en esta su octava final de Champions, necesitaba limpiar de su memoria la oportunidad perdida hace dos años en Estambul, donde con tres a cero de ventaja en el descanso dejó marchar el partido en la segunda mitad para que más tarde Dudek se encargara de darle el título a los “reds” en la tanda de penaltis.
Como entonces en la capital turca, el Milán partía como favorito en la cita de Atenas. En teoría, no cabían las dudas, fuera por la calidad de su juego y de sus estrellas, por la exhibición ante el Manchester United en semifinales o por la magia de Kaká, posiblemente el mejor futbolista del mundo en la actualidad.
Pero en las grandes finales hay veces que los favoritismos valen de bien poco y los más débiles encuentran una motivación especial en el hecho de tener mucho que ganar y poco que perder. Y los “reds” no son precisamente un equipo falto de fe. Así, en contra de lo esperado, el Liverpool de Benítez arrancó dominador, presionando muy arriba, agresivo en el centro, entrando bien por las bandas, colapsando la sala de maquinas milanista; La primera ocasión clara del partido la tuvo Pennant, tras fallo de Jankulovski, pero Dida resolvió bien el aprieto.
La pizarra de Benítez dominaba el juego, el fútbol táctico se imponía; pocas ocasiones, pocos riesgos, todos los detalles controlados, las piezas bien dispuestas sobre el tapete. En el Milán sólo Kaká lo intentó, desde muy lejos y sin problemas para Reina. No acababa de funcionar el equipo de Ancelotti, no terminaba de encontrar el ritmo, no sabía como cortar la telaraña dispuesta por el técnico madrileño. Sólo las contadas apariciones de Kaká devolvían la ilusión a los “tiffosi”. Mientras, Xavi Alonso pudo anotar el primero con un gran disparo que se marchó fuera por poco.
Incómodo, encorsetado, el Milán trataba de echarle paciencia al asunto, darle vueltas al hueso hasta descubrir la grieta por donde partirlo. Pero las oportunidades caían de lado del Liverpool; Gerrard y Pennat, muy activo por la derecha, tuvieron una nueva ocasión que Dida, el mejor de su equipo en la primera mitad, se encargó de alejar. Mientras el Milán se lo pensaba y echaba mano de su gran experiencia para no caer en la desesperación, Gerrard, inconmensurable, dirigía a un Liverpool ambicioso y confiado en la fantástica estrategia dispuesta por su entrenador.
Ganaba a los puntos el equipo inglés, pero lo que son las cosas: Último minuto de la primera mitad, falta de Xabi Alonso sobre Kaká en la frontal del área, lanza Pirlo, rebota el balón en la espalda de Inzaghi, que pasaba por allí, Reina que vuela en dirección contraria y el balón que cruza la línea de gol. Un minuto a la italiana y el Milán con ventaja mínima al descanso.
El Liverpool superior, pero sin suerte ante el gol
Regresó el Liverpool de la caseta dispuesto a repetir el milagro de Estambul, presto también para arriesgar un poco más y empujar a los italianos hacia su terreno. Lo iban a dar todo los de Benítez, pero el Milán, con el viento a favor y muchos partidos importantes marcados en las botas de sus jugadores, es un cuadro experto en manejar los tiempos, en nadar y guardar la ropa.
Entró el encuentro en una fase ciertamente lenta y aburrida, como si el Liverpool quisiera tener paciencia para remontar y el Milán, ninguna prisa por descubrirse. Benítez comenzó a mover el banco y el delantero australiano Harry Kewell sustituyó a Bolo Zenden. Pronto, el toque de corneta de los “reds” generó una buena ocasión, quizá la mejor, de Steven Gerrard, pero los guantes de Dida parecían ocupar por completo la portería.
Lo cierto es que el Milán cada vez se encontraba más cómodo con su gol a favor, con el balón lejos de sus pies y alejado de responsabilidades creativas. Apenas se contabilizaban ocasiones de los “rossoneri”, apenas aparecían Kaká, Pirlo o Seedorf en posiciones de ataque; eran los “reds” los que estaban llevando el peso del juego, los que debían remontar sin descuidar su portería.
Y salió Peter Crouch, posiblemente la mejor opción en ataque que Benítez guardaba en el banco y también, el futbolista que representaba la esperanza en una remontada. Pero a falta de siete minutos un pase al hueco de Kaká a Inzaghi bastó para sentenciar casi definitivamente el partido con un gol que cayó como un cubo de agua helada sobre los de Benítez.
Se volcó el Liverpool sobre la portería de Dida, que terminó erigiéndose en el mejor jugador de su equipo. Pudo con todo el portero brasileño menos con un testarazo de Kuyt que acabó en gol y lleno de emoción los últimos minutos de un partido que, finalemnte cayó de lado de un Milán que logró la "vendetta" deseada pero sin demasiado fútbol.
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