Fabián Ortíz | 22/02/2007
La épica de la vieja Copa de Europa se enseñoreó en el Camp Nou, donde el Liverpool agrandó su leyenda. Apenas dejó esta vez que el Barcelona le marcara un gol, el primero en la historia de sus duelos en el barrio de Les Corts. Pero se rehízo de un mal arranque, empató antes del descanso y liquidó al vigente campeón con una segunda mitad que habría dejado orgulloso a Bill Shankly. La conexión del swing, Bellamy-Riise, los dos jugadores del Liverpool que protagonizaron para mal las noticias de la pasada semana por su incidente en la concentración del Algarve, dieron el golpe que convierte la posibilidad de remontar el 1-2 en Anfield en algo bastante parecido a un milagro.
Arrancó el Barça como una copa de cava servida con demasiado ímpetu: exuberante de espuma, cada pelota que pasaba por los pies de Deco, de Ronaldinho, de Messi, de las incorporaciones de Zambrotta, amenazaba con desbordar la contención del Liverpool. Y eso que Rafa Benítez no se quedó cortó a la hora de colocar barreras; tal como se preveía, cedió la pelota al rival (el Barça cerró el primer tiempo con casi un 70 por ciento de posesión del esférico) y amontonó gente atrás, en torno a un eje defensivo formado por Carragher y Agger, con Xabi Alonso, Sissoko y Arbeloa, así como los laterales, dispuestos a cobrar horas extra por exceso de trabajo.
Ronaldinho empezó más preocupado por que el árbitro atendiera sus reclamaciones ante las entradas del rival que por encarar la portería de Reina, pero cuando se centró en lo suyo fue un incordio para la banda derecha de contención del Liverpool. Tuvo un gran aliado en Zambrotta, que en una de sus subidas puso un centro magnífico, tal vez el primero desde que llegó al Camp Nou, que Deco cabeceó con comodidad y precisión, para el 1-0.
Rugió el pueblo culé, y soñó con la goleada cuando poco después Saviola se fue de Carragher y cruzó su tiro, demasiado para que se convirtiera en el 2-0. Siguió un periodo de intentonas sin profundidad del Barça, de dureza inglesa -entradas de Agger a Saviola y de Kuyt a Puyol-, hasta que el estado gaseoso blaugrana desapareció. Desapareció Xavi, Motta comenzó a sufrir, y en una jugada a balón parado Bellamy cabeceó tan cómodo como antes Deco; Valdés, que atajó la pelota, hizo la de Busquets: se metió en la portería con la pelota en los brazos. Bellamy lo celebró imitando el movimiento de un swing de golf, un guiño al episodio de violencia que protagonizó con Riise al final de la estadía de once días en el Algarve.
El descanso sorprendió al Camp Nou con la máscara de la preocupación, cuando creía que el carnaval había quedado atrás y era tiempo de cuaresma. El Liverpool volvió del vestuario con otro aspecto, como si la segura bronca de Benítez le hubiese mudado la piel. Y el Barça recuperó el aspecto taciturno de sus peores noches.
El capitán del Liverpool sabe que aquella sentencia de Shankly sobre la importancia del fútbol no era gratuita. En un ejercicio de jerarquía y generosidad física, tiró de su equipo hacia arriba, lideró cada jugada de ataque y cada repliegue defensivo, hasta recuperar la épica que requería la cita europea. Junto a él, Sissoko se erigió en un rallador, un instrumento que rascaba todo aquello que pasara a menos de medio metro.
Rijkaard buscó en Iniesta el orden y la organización, que siguió sin aparecer. Después intentó abrir el campo con Giuly por la derecha, pero el francés no se fue de nadie. Valdés cerró su noche aciaga al coger una cesión de Giuly: Gerrard ejecutó el libre indirecto, Valdés salvó con un pie, Gerrard recogió el despeje y centró, para que Kuyt -un incordio permanente para Márquez y Puyol- acabara rematando alto.
El Barça no se acercaba; sólo Saviola lo hizo, cuando rompió a Carragher y puso a prueba a Reina. Y enseguida Márquez hizo un mal despeje con la cabeza, la pelota quedó para Bellamy, que esta vez, en lugar de golpear a Riise con un palo de golf, dio una asistencia para el 1-2 del noruego.
Anfield será un horror para el Barça. Y casi nadie cree en milagros.
Gerrard
Rescató al Liverpool de la inopia en la que vivió la primera media hora y lo condujo a la victoria.
Valdés
Se comió el primero del Liverpool, en un error de principiante, y más tarde cedió una falta en el área.
Deco
Empezó para partidazo, pero se diluyó. Dejó un certero cabezazo (el 1-0) y un caño a Xabi Alonso.
Sissoko
Una máquina de rascar, cometió él solito siete faltas y fue el dique de contención de un Liverpool feroz.
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