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Viernes, 09 de Enero de 2009

Primera | Zaragoza 2 - Real Madrid 2

El milagro de seguir creyendo

El Zaragoza puso contra las cuerdas al Madrid. Los blancos necesitaban dos goles: uno lo marcó Van Nistelrooy y otro... Tamudo. La Liga, más cerca

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Juanma Trueba | 10/06/2007

No es fácil contar esto. Habría que acompañar el relato de bolsitas de plástico y en cada una, una prueba: lágrimas, gritos, cabellos arrancados, mordiscos y volteretas por la alfombra. La noche que vimos y la madrugada que imaginamos. No es fácil contarlo, no, pero es absolutamente necesario, porque todavía habrá a estas horas quien no se lo crea del todo y este será el papel que lo confirme, la hoja que nunca envolverá un bocadillo.

Ocurrió. Y quedará para siempre como uno de los momentos más vibrantes del fútbol español, del fútbol en general. A falta de tres minutos para la conclusión de sus respectivos partidos, el Madrid perdía en Zaragoza y el Barcelona vencía al Espanyol, lo que le hacía líder y virtual campeón a falta de un jornada. La situación era más que crítica para los madridistas, que estaban a dos goles de salvar la cabeza. En ese cálculo de las esperanzas de vida pocos cayeron en que uno de esos goles lo podían marcar en el Camp Nou.

Así estaba el panorama y así era el reparto de emociones, euforia culé y drama madridista. Entonces se desencadenó el milagro o la maldición, según lo quieran ver. Y fue tan inesperado y brutal como lo son siempre los prodigios. Culminando el acoso del Madrid, Van Nistelrooy empató el partido después de un rechace de César, que se pasó la noche espantando proezas ajenas. El ruido de la explosión del gol se mezcló con la ansiedad y a partir de ese momento se cruzaron los resucitados con los muertos que preguntaban, con las consignas, hay que marcar otro, hay que marcar otro.

El caos. Y llegó, pero no lo marcó el Madrid. Sin oportunidad de distinguir amigos de visitantes, sin posibilidad de encontrar la salida o la entrada, la silla o el suelo, en mitad de una revolución sin brújula, alguien que no recuerdo gritó el gol invisible, ¡Tamudo, Tamudo, Tamudo! Y el resto fueron abrazos que se extendieron hasta el banquillo del Madrid, ¡Tamudo, Tamudo, Tamudo! Los minutos que siguieron, retales de minutos, se hicieron largos como noches de insomnio. Porque en esta locura tripartita el Sevilla estaba a un solo gol de ser campeón...

Pero ya no se movió más que la gente y sus corazones. Cuando el silbato de Undiano cerró la última intriga, el banquillo del Madrid saltó con la única alegría que todavía no había tenido la ocasión de sentir el club, ese modelo de entusiasmo repentino que en el catálogo de la felicidad se llama Tenerife. Eso creo. Lo que logró ayer el Madrid no sólo vale un título, sino que también anula por fin una doble maldición pendiente y la dispara al pecho de quien la disfrutó antes. Eso es lo que siente.

Por lo demás, esta Liga que termina nos ha planteado un fabuloso acertijo geométrico que ignoro si tiene sentido alguno, pero resulta asombrosamente hermoso. El partido del Madrid, por ejemplo, fue un extraordinario resumen de su temporada, una maravillosa reproducción a escala. Empezó mal, continuó peor y los árbitros perjudicaron más que otra cosa. Pero de pronto, cuando parecía todo perdido, fruto de su tenacidad, de su constancia y también de una pizca de fortuna, el Madrid alcanzó el objetivo y el liderato, sin sobrarle otra cosa que confianza y escudo, ese valor que Capello materializa en la camiseta blanca, pero que es mucho más que eso: es inercia histórica, valor, fe y miles de almas enviando mensajes de apoyo, los primeros en botellas de whisky después de haberlas consumido y los últimos en palomas mensajeras.

Igual que en su trayectoria durante el campeonato, el Madrid no repartió equitativamente los tiempos. Durante más rato fue malo que bueno, y durante muchos minutos confirmó que su fútbol es limitado, especialmente cuando Diarra y Emerson comparten el pivote. Sin embargo, entre los extraños méritos de este equipo y este entrenador está haber convertido el fútbol en algo secundario, un simple complemento a la determinación.

El Zaragoza sufrió esta carambola en sus carnes. A excepción de los últimos minutos, controló el partido con cierta suficiencia, argumentando fútbol y toque, un despliegue alegre y audaz. Hasta se sintió ganador y completó los cambios que reconocen al mejor, otra vez Diego Milito. Hasta dedicó varios minutos a retener el balón esperando que corriera el reloj.

No podía ni esperarse la tormenta final. No contó con esa capacidad del Madrid para voltear las situaciones adversas. Y el enemigo avisó. Primero, encajonando a los locales en su área. Pero nadie entendió el mensaje. Además, estaba César, impecable durante el encuentro entero, con esa bendición que convierte a los guardametas en muros inexpugnables. Por eso no hubo quien tomara nota del cabezazo de Diarra que rozó el poste, o de las internadas de Higuaín.

Más fácil parecía la sentencia del Zaragoza, una contra mortal que quizá condujera magistralmente Aimar, como en el segundo gol. Entonces, el argentino serpenteó por las trincheras madridistas sorteando minas y repartiendo tarjetas de visita, hasta descubrir a Diego Milito, que en el límite del fuera de juego recortó como una estrella y remató como un asesino. Era su segundo tanto, el primero lo había conseguido de penalti opinable.

Esa era, más o menos, la inclinación del partido cuando marcó Van Nistelrooy. Tampoco es casualidad que fuera él. Insisto en que se podrán decir muchas cosas de esta Liga, pero nada en ella es casualidad, cabo suelto.

El mismo futbolista que ha sostenido con sus goles el sueño del Madrid, tuvo que ser quien culminara una acción con sello de nueve puro, con el instinto de ese especialista que tanto habíamos echado en falta en los últimos años. Nos preguntábamos qué haría un ariete así en un equipo con tantos suministros y ya lo sabemos. Por fin.

El bucle. Y para completar la metáfora, Capello también tenía que pasar de apestado a visionario. Su apuesta inicial por el doble pivote gotelé se descubrió inútil en cuanto el Zaragoza se puso por delante. Fue tras el descanso, acuciado por los problemas, cuando el entrenador italiano cedió al deseo popular: que jueguen los buenos y muramos con ellos.

Así, en la reanudación salieron Guti e Higuaín, por Emerson y Raúl. Y no tengo claro si fue el efecto de su entrada o el sentirse con el agua al cuello, pero el hecho es que el Madrid se fue transformando progresivamente, llegando más, tirando más, tirando a puerta y tirando de todos, de la ilusión general, del milagro. También lo creo: si algo nos ha enseñado este equipo es que los milagros se invocan.

Y sucedió que de no merecer nada, el Madrid empezó a merecerlo casi todo. Su empeño, totalmente conmovedor, nos hizo pensar que no rendirse jamás es otra forma de ganar batallas y guerras. Resistirse hasta al destino.

Y así fue como Van Nistelrooy empató y hasta el Camp Nou se rindió a la evidencia de una fuerza superior, con la ayuda de un Tamudo que multiplica su condición de ídolo y que a partir de ahora será aclamado por gente a la que nunca había visto y que ahora no dejará de verle a él. Marcando en el último instante.

No es fácil contar lo que pasó ayer en Zaragoza, porque todavía está pasando y aún temblará durante algún tiempo que es difícil estimar: años o décadas, quizá la vida entera.


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