Ver su archivo John Carlin | 11/06/2006
La Inglaterra de Sven Goran Eriksson no ha enamorado en cinco años y sería mucho esperar que de repente, por ser el Mundial, enamore ahora. Lo cual no significa que sea incapaz de llegar a la final de este Mundial. El equipo que derrotó ayer a Paraguay cumplió, al pie de la letra, los pronósticos. Sólido en la defensa, contundente en el centro del campo, poca penetración arriba. Destellos de Joe Cole y, a su manera, Beckham, y un par de buenos pepinazos de Frank Lampard: eso fue lo mejor de la selección inglesa. La jirafa Peter Crouch causó molestias a los paraguayos pero nunca dio el más mínimo indicio de poder marcar. Michael Owen estuvo ausente.
Y el gran dilema que Eriksson arrastra hace ya tiempo aún no lo ha podido resolver: cómo hacer que jueguen juntos de manera efectiva Lampard y Steven Gerrard. ¿Cómo es entonces que un equipo con tan poca pegada puede llegar a la final e incluso, con suerte, ganarla? Porque se supone, después de la victoria de ayer, que Inglaterra llegará a la segunda fase y que entrará en juego Wayne Rooney, recuperado milagrosamente. Con Rooney, Inglaterra hubiera ganado ayer 3-0.
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