Juan Antonio Santiago | 21/11/2006
Me siento muy orgulloso, en estos momentos en los que nuestra Selección española está de capa caída, de ver a ese gran Rafa Nadal (pura garra y tesón donde los haya) luciendo esas grandiosas y magníficas muñequeras con la enseña roja y gualda en el Masters Series de Shanghai... al estilo de Arancha Sánchez Vicario.
Ese chico es insuperable. Ya casi ni me importa si gana o pierde, pues ha alcanzado un nivel de rendimiento tal que transmite al telespectador una fuerza y un coraje manifiestamente insuperables. Las chicas, como mi novia, dicen que lo que es realmente insuperable es su musculatura y su portento físico. Pero yo voy más allá de lo meramente visible: este tío me hace sentir orgulloso de ser español.
¿A que no hay ironías, como los olés que se le cantaron a Rumanía en el Carranza, cuando juega Rafa?
Seguro que a él, al igual que a los Chicos de Oro del baloncesto, no le va a gustar la comparación: qué bien nos vendrían once Rafitas en la Selección de fútbol, o por lo menos, que el técnico que se siente en el banquillo lo vea todo tan claro como él. Por enésima vez, que el Deporte Rey tome ejemplo de uno minoritario que es capaz de llegar a tanta gente.
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