Manuel Pérez Suárez | 12/02/2007
Riquelme representa como ningún otro futbolista el estereotipo de estrella vencida por su mala cabeza. Su personalidad, excesivamente frágil, se ha sobrepuesto a su indudable calidad en el césped.
Y su caída parece tener una fecha clave: el 25 de abril de 2006, en el partido de vuelta de semifinales de la Champions League frente al Arsenal. Aquel fallo desde el punto de penalti creo que significó para el jugador bonaerense un punto de inflexión en su carrera. Después de aquel día, su fútbol pareció diluirse tal y como ocurrió con la ilusión de la afición amarilla.
Ahora, con su regreso al equipo que fue su casa, el Boca Juniors de Argentina pretende recuperar para el fútbol a un jugador que podía valerse sólo para mover un equipo a su antojo, imponer el ritmo que más le convenía al partido y comandar el juego ofensivo de los suyos hasta el punto de conseguir que su equipo ganara el partido.
Más de 140 partidos y 45 tantos con el Villarreal le avalan. Ahora, queda por ver si aún tiene fútbol en su cabeza. En sus botas, es evidente que le sobra tal y como se ha podido ver durante bastantes encuentros en su carrera y en sus equipos.
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