
Por Javier Martín
El honorable coronel Peel mostró su asombro en el parlamento británico porque la derrota ante los ojos de la reina Victoria no hubiese sido evocada. "La victoria del América", dijo, "es una auténtica humillación. Es necesario que, de ahora en adelante, todos aquellos que sienten las glorias de Inglaterra trabajen para reconquistar, cueste lo que cueste, los perdidos laureles. Estamos acostumbrados a pensar que Britannia reina sobre los mares. ¿En qué pensaba la diosa el día de esa triste derrota?".
Aquel agosto de 1851, la derrota deportiva simbolizó el cambio de imperio, del vetusto británico (caricaturizado en un barco con 12 años de antigüedad) al emergente norteamericano, con goleta recién botada.
El América era puro high tech. Sus inmensos foques y trinquetes, la pronunciada inclinación a popa de sus mástiles, las velas de algodón en lugar de lino, su proa fina y curvada hacia dentro, la cuaderna maestra situada muy atrás, la popa redonda y alzada... todo contrastaba con los clásicos y pesados barcos ingleses.
Pese a los 156 años transcurridos, la esencia no ha cambiado. Ingenieros, abogados y deportistas siguen enfrascados en la competición, antes reducida a los imperios de Britannia y América y ahora ampliada a una pléyade de naciones de los cinco continentes.
Desde el siglo XIX, la jarra de plata sólo se ha disputado en 32 ocasiones, en cuatro países (Inglaterra, Estados Unidos, Australia y Nueva Zelanda) y seis ciudades. España y Valencia protagonizan, a partir del lunes, otro capítulo de una historia cuajada de héroes y villanos, caballeros y tramposos, ricachones y menesterosos, porque —no se engañen— jamás ninguno de estos navegantes de élite (quien más quien menos con alguna medalla olímpica) tendrá el salario de un futbolista de Primera.
"Exigiremos que los americanos fabriquen sus velas con piel de canguro"
El guante del coronel Peel tardó 19 años en recogerse. El Cambria de James Ashbury cruzó el Atlántico en sentido contrario. Acabó décimo y empezó un rosario de triunfos del New York Yacht Club de 132 años consecutivos, la racha más larga de la historia del deporte.
Barcos canadienses tomaron el relevo inglés. El Yacht Club eliminó a uno de ellos con una nueva regla (puesto que en esta peculiar competición quien gana pone las condiciones): a Estados Unidos había que llegar a vela, y la nave canadiense había sido remolcada. También se permitía que los barcos de los espectadores molestaran a los participantes (imagínense a a cuáles).
El nuevo siglo vio competir a Reliance, el mayor barco de la historia con 70 tripulantes (hoy son 17) y 43 metros de eslora (hoy 25,5). Ganó al pobre Lipton, rey del té y de la derrotas. En la quinta y última se presentó con un mástil de 2.810 kilos. Hizo el ridículo ante el Enterprise americano, con un mástil de 52 metros, y 1.200 kilos menos de peso. Era de aluminio.
Claro que el rey del té se las tuvo que ver con el rey del ferrocaril, Harold Vanderbilt, de los Vanderbilt de toda la vida. Aparte del bridge se apasionó por esta competición y la ganó tres veces, algo que sólo han logrado Charles Barr, Dennis Conner y Russell Coutts. Vanderbilt fue pionero en la prueba de barcos en tanques y en patentar lo que incorporaba a sus naves.
La historia del torneo dio un vuelco con la primera participación australiana. En 1962, el Gretel, de sólo 12 metros, apuró al barco del New York Yacht y el club se inventó una nueva cláusula: todos los elementos del velero debían ser del país de origen, y Gretel llevaba velas americanas.
"Si algún día ganamos la Copa", replicaron los australianos, "exigiremos que los americanos fabriquen sus velas con piel de canguro". No cumplieron su promesa y lo pagarían caro. Años depués el norteamericano Conner les arrebató la copa, gracias a que éste, a su vez, había sobrevivido a otra leyenda que decía que el lugar de la jarrita en el New York Yacht Club sería ocupado por la cabeza del que la perdiera. Conner fue el primer americano en perderla en 132 años, y en recuperarla cuatro años después.
En 1983 llegó la maxifalda. Cada vez que emergía del agua, la quilla del Australia II era tapada con un hule verde, lo que sirvió para aumentar el morbo de la competición, crear la figura del submarinista espía y, sobre todo, para que los abogados ganaran regatas en los despachos.
El barón de Bich, el de los bolis; sir Thomas Sopwith, fabricante de los aviones Sopwith; el creador de la televisión CNN, Ted Turner; Giovanni Agnelli, dueño de la Fiat, con su Azzurra; Larry Ellison, con su Oracle o Patrizio Bertelli, dueño de Prada y Luna Rossa son algunos de los multimillonarios que se han gastado su dinero y su prestigio por hacerse con la jarra.
La historia continúa en Valencia, pero no acabará aquí. Dentro de cuatro años, coincidiendo con los 160 de la humillación ante la reina Victoria, un barco inglés volverá a participar para intentar restituir su honor deportivo, comercial y tecnológico.
| Año | Nombre | País |
|---|---|---|
| 2007 | Alinghi | |
| 2003 | Alinghi | |
| 2000 | Team New Zealand | |
| 1995 | Black Magic | |
| 1992 | America3 | |
| 1988 | Stars and Stripes | |
| 1987 | Stars and Stripes | |
| 1983 | Australia II | |
| 1980 | Freedom | |
| 1977 | Courageous | |
| 1974 | Courageous | |
| 1970 | Intrepid | |
| 1967 | Intrepid | |
| 1964 | Constellation | |
| 1962 | Weatherly | |
| 1958 | Columbia | |
| 1937 | Ranger | |
| 1934 | Rainbow | |
| 1930 | Enterprise | |
| 1920 | Resolute | |
| 1903 | Reliance | |
| 1901 | Columbia | |
| 1899 | Columbia | |
| 1895 | Defender | |
| 1893 | Vigilant | |
| 1887 | Volunteer | |
| 1886 | Mayflower | |
| 1885 | Puritan | |
| 1881 | Mischief | |
| 1876 | Madeleine | |
| 1871 | Columbia | |
| 1870 | Magic | |
| 1851 | America |
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