Juan Cruz | 30/04/2008
Los peces. Eran jugadores ahogados, en su prestigio y por su desprestigio. Comenzaron atacando con el orgullo de la reivindicación, pero cuando se produjeron esos sesenta segundos de los que hablaba Kipling, que debía ser del Manchester, para señalar lo cerca que está el cielo del infierno, un tal Scholes recibió un regalo precioso y el castillo de naipes se rompió como el hielo en verano. Crack. Uno a cero y la cuesta empinada de la derrota se apoderó del gaznate azulgrana. Desde entonces, el Barça que ahora pierde, empata o fracasa regresó al campo, enseñó sus dientes mellados y perdió un cuarto de hora en indecisiones peligrosas hasta que despertó, y se puso otra vez a boquear, luchando como los peces fuera del agua, en medio de una angustia que aún ahora atenaza lo que escribo. Era la última oportunidad, y fue la última, de que los peces no se ahogaran. Ahora hay que recogerlos, mustios.
La suerte. Ese gol tremendo del Manchester tuvo otro valor, el de obligar a la defensa azulgrana a buscar la autoestima; entonces ya no le fue posible al equipo inglés sorprender tanto, pero estuvo a punto de golear una y otra vez, durante ese cuarto de hora de infierno en que los futbolistas azulgrana fueron incapaces de recuperar el ritmo vital, la autoestima. Sólo la suerte, en ese periodo, le salvó de un desastre, y gracias a esa suerte los jugadores se fueron arriba. Pero, ¿para qué?
La negación. Ahora podemos hablar del orgullo de haber perdido jugando mejor. Pero eso no sirve de nada. Anoche el Barcelona acabó un ciclo, que empezó siendo brillante y ha acabado siendo opaco, desastroso.
Empequeñecidos. Algunas individualidades (Deco, recuperado, se irá con la dignidad de anoche) dejan la impronta de lo que son, pero otros que vinieron para hacernos grandes se van empequeñecidos, al borde de un bote que zozobra. No se salva ni dios, en general, es decir, no se salva ni el entrenador; el vestuario le saltó por los aires durante la temporada, y el equipo arriba a este fracaso final destrozado por dentro, como si viviera en medio de un marasmo depresivo del que ya sólo lo podrá resarcir la ilusión de un revulsivo.
Una juventud aguarda. El Barça es ahora un equipo de jubilables; es tremendo, pero esa sensación no se podía vislumbrar ni siquiera a la mitad de la temporada. De pronto, esta derrota, y lo que significa, ha puesto de manifiesto todo lo que falló en la temporada. Como si fuera la caja negra del año, han saltado todas las alarmas en función de una ilusión colectiva que ha sido rota: el buen juego no basta, ese jogo bonito que parecía preconizar Ronaldinho, no sólo no está en el banquillo, es que no está ni en el horizonte.Debo decir que durante el partido me puse la insignia del Barça. Este Barça ha muerto, ahora ha de nacer otro, y a su salud me puse la insignia; perder no es el final del mundo. Pero perder tanto ya significa una desilusión demasiado grande como para no hacer balance y exclamar ante esta plantilla fracasada: qué lástima, pero adiós.
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