Juan Cruz | 02/03/2008
El contrario número trece. Después del gol con el que Ronaldinho volvió a respirar hondo, el Barça sufrió la pájara que lo convierte en un equipo vulnerable, pendiente más de su depresión que de su entusiasmo. Dejó la retaguardia hecha unos zorros y por allí se coló el aire combativo de un Atlético de Madrid que supo en seguida de qué pie cojean los azulgrana. Lo supieron Kun Agüero, Forlán, y los que les dejaron colarse; fue más que un desastre, fue una crónica de la nada hecha pedazos a la que contribuyó el Barça con una ingenuidad que se pareció a un suicidio. ¿Y de qué cojean? Cojean del jugador número trece, que es esa pájara por la que el contrario se cuela sin remedio. Cuando acabó el partido la cara era el espejo del alma, y el alma del Barça no ha recuperado su grito. ¿Era un espejismo? El tiempo lo dirá, pero ahora lo que dice el tiempo es que el Barça pierde un tiempo precioso.
La cara de Rijkaard. Nunca había visto a Rijkaard tan atento y tan desacertado. No es un entrenador tacaño, a él le gusta que los futbolistas jueguen el balón en todo momento, es contrario a las florituras que desbaratan el fútbol. Pero ayer se pasaron sus defensas y él no controló el desmadre. Que Puyol, siempre el más seguro de los defensores, haya sido el protagonista negativo de la noche, con su participación en dos de los goles atléticos, es un dato suficiente para explicar por qué mediada la segunda parte la cara de Rijkaard era la de un fracaso estrepitoso. El fracaso de Puyol produce melancolía, porque es el futbolista más esforzado del equipo; oscurecido ahora por Abidal, que es el héroe que nos queda, Puyol deambuló con más ganas que gloria, e hizo que el equipo perdiera esa oportunidad golosa de acercarse al Madrid. No tiene la culpa, claro, pero si no se busca un culpable no se está cerca de la razón de esta derrota clamorosa.
Casa Felo. Vi el partido en un bar, Casa Felo, en el Puerto de La Luz de Las Palmas de Gran Canaria, al lado de la Playa de Las Canteras. A mi lado había emigrantes negros, suramericanos, gente de la más variada procedencia, incluyendo naturales de Gran Canaria. El paisaje nuevo de las islas, que se parece al paisaje del mundo, del actual y del que vendrá. Un marroquí, un senegalés y yo éramos los únicos barcelonistas de la parroquia, y a un chico de Mendoza (Argentina), Daniel, que atendía el bar no le pregunté su adscripción. Parecía del Boca Juniors, porque era indiferente. Pero aquello parecía un festival atlético, los cánticos, los gritos. De pronto, ese universo abigarrado era el universo rojiblanco. Como una grada del estadio. El partido comenzó como una gran final; el primer gol del Recre fue un alimento perfecto para la bebida dulce del gol de Ronaldinho, pero a medida que pasó el tiempo la final se diluyó en la nada, y el Barça se fue con la miseria en los labios. Pagué la consumición y me fui, rumiando una derrota que otra vez pone al Madrid a una distancia que hoy parece sideral y vergonzosa.
¿Y ahora? Algo bueno tenía que haber. Abidal, la recuperación de Ronaldinho. Y el espectáculo; no hay otro fútbol posible para el futuro del fútbol que este aire competitivo y fresco del Atlético de Madrid. ¿Le durará? Se enfrentaban dos ciclotímicos, el Barça y el Atleti; ganó el que se repuso antes a la desgracia. Pero son compañeros de la desgracia del desánimo súbito.
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