| 13/11/2007
Aprendió el Madrid la lección cuando hace cuatro años sus jóvenes figuras que triunfaban cedidos o traspasados en otros clubes se salían ante los blancos. Los Valdo, Juanfran o Luis García, éste con la casaca grana, dieron que hablar y desde entonces se fijó en Chamartín que todo aquel que tuviese contrato en vigor con el Real Madrid no podría devolverle la moneda. La solución: una cláusula. Pablo García no es una excepción y el uruguayo no podrá jugar ante los de Schuster. Mejía podría haberlo hecho, fue traspasado y por tanto era libre, pero Muñiz Fernández le enseñó la quinta amarilla del año y cumplirá sanción.
Serán las dos bajas más morbosas. Otro que suele hacer buenos partidos ante el Madrid, Regueiro, tampoco jugará. A muchos no le salen las cuentas de su sanción pese a que en AS veníamos advirtiendo de su condición de apercibido. Regueiro fue expulsado ante el Almería pero no se contabilizó como una doble amarilla normal. Competición dejó sin sanción la segunda tarjeta, por lo que la primera cuenta para el acumulado. La pregunta es: ¿Por qué no pudo jugar entonces Regueiro después en Valladolid? Por sanción. Pero no por la roja (la segunda amarilla quedó sin efecto) sino por llamar caradura a Turienzo.
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