Tomás Guasch | 10/10/2008
Aquel Espanyol del oxígeno fue uno de los mejores equipos de la centenaria historia del club blanquiazul. Su aventura arrancó en la temporada 1952-53 cuando Scopelli aterrizó en Sarrià con una ficha inicial de 150.000 pesetas de la época, una fortuna; estuvo tres temporadas. Dos Pepes, Parra (Blanes, 1925) y Artigas (Terrassa, 1924) lo vivieron desde el primer día. Agustí Faura (Gavà, 1927) se incorporó un año después. Son tres de los supervivientes de aquel Espanyol oxigenado. En la foto que ilustra este reportaje aparecen, de izquierda a derecha, sus compañeros Julián Arcas (gran goleador y uno de los mejores delanteros españolistas de siempre), Pepe Mauri (que fue jugador, entrenador, director técnico y consejero del club blanquiazul), ambos fallecidos, y Josep Egea, un estupendo extremo izquierda.
Artigas fue el capitán del oxígeno: "Scopelli importó la idea desde Argentina. Allí había equipos que inhalaban oxígeno en el descanso buscando aire puro, para combatir la humedad y el calor". Scopelli, apodado El Conejo, alcanzó la gloria en su país pues formó parte de una mítica delantera de Estudiantes de La Plata junto a Lauri, Zozaya, Nolo Ferreira y Guaita. Interior derecha, Scopelli disputó con Argentina el primer Mundial, el de 1930, que ganó Uruguay. Tuvo éxito como entrenador y su libro '¡Hola, míster! El fútbol por dentro' revolucionó este deporte y fue el libro de cabecera de muchos entrenadores de todo el mundo.
"Era un adelantado en muchas cosas", asegura Parra, probablemente el jugador periquito con más talento junto a Ricardo Zamora. Estuvo en el Mundial de Brasil 50 y presume de ello: "Acabamos cuartos, la mejor clasificación de España en un campeonato del mundo. ¡A ver si nos superan éstos en Suráfrica!". Allí descubrió Parra una técnica desconocida para ellos, como después lo sería el oxígeno: "En los vestuarios del viejo Maracaná había unas camillas que se articulaban, de manera que te permitían levantar las piernas. Estaban diseñadas para favorecer la circulación de la sangre, la recuperación en los descansos de los partidos. El calor era tremendo y brasileños y argentinos se las ideaban para combatirlo con iniciativas que nosotros desconocíamos en España".
Y funcionó. A poco de llegar a Barcelona, Scopelli planteó a sus jugadores la conveniencia de inhalar oxígeno antes y en el descanso de los partidos. "Traían unas bombonas en el vestuario y unas mascarillas que nos colocábamos durante unos minutos", explica Faura. ¿Y funcionaba? Los tres aseguran que sí: "Ayudaba a recuperar fuerzas, a respirar mejor. Sobre todo a los medios, los interiores, los que iban y venían. Scopelli nos conquistó nada más llegar y si él decía que aquello era bueno, nos lo creíamos a pie juntillas", se apuntan unos a otros.
El doctor Juan Navés, médico del Espanyol entonces, nunca le puso pegas al invento. "Respiráis aire puro, limpio, ¿qué problema va a haber", recuerda Parra que les explicaba. "Era como si en el descanso nos hubiésemos ido a respirar a la montaña", insiste Artigas. Faura apostilla: "Sí, al vecino Tibidabo"
Faura fue titular un año más tarde que Parra y Artigas y según ellos era el que menos necesitaba oxígeno "o nitrógeno, ¡ja, ja!", bromea Parra. Artigas arquea las cejas: "Tú sabes como chutaba Roberto Carlos, ¿verdad? Pues Faura le pegaba más fuerte. Una vez le hizo un gol a Ramallets desde medio campo, todavía la busca..." El Espanyol del primer oxígeno, el de la temporada 1952-53, se recitaba de memoria: Marcel Domingo; Argilés, Parra, Cata (después Faura); Bolinches, Artigas; Arcas, Marcet, Mauri, Piquín y Egea.
Entrando los 50, la intendencia médica en el fútbol era más bien escasa. De personal y de material. "Teníamos médico y un masajista, el papi Andújar. Te caías, venía él, te daba una friega y te preguntaba amenazante: ¿a que ya no te duele? Y a jugar", explica divertido Parra.
Hablar de dopaje en aquellos años suena a broma y más a los protagonistas. "Dopaje, drogas, de todo eso ni se hablaba ni existía. El oxígeno despertó expectación en toda España por lo novedoso, pero nadie lo vio como un pecado o una trampa. ¡Oiga, que el dopaje de entonces era café y coñac, el clásico carajillo y a correr!", se imponen Artigas y Faura.
El viaje a Vigo. El caso es que el oxígeno funcionó pues aquel Espanyol estuvo once jornadas sin perder y firmó una de las mejores rachas del equipo en la Liga. Los resultados fueron estos: Celta-Espanyol, 0-1; Espanyol-Sevilla, 6-2; Real Madrid-Espanyol, 1-2; Espanyol-Sporting, 4-0; Espanyol-Valencia, 2-1; Valladolid-Espanyol, 0-1; Espanyol-Athletic, 6-2; Deportivo-Espanyol, 2-2; Espanyol-Oviedo, 3-0; Málaga-Espanyol, 1-1 y Espanyol-Atlético de Madrid, 2-0.
El primer viaje, a Vigo, fue tremendo. "Fuimos en un avión de carga. Para ajustar los asientos, que más que eso eran hamacas, nos dieron unas anillas En Vigo hacía mal tiempo y nos dejaron en Bilbao. No había más remedio que seguir viaje por carretera. Lo hicimos en varios taxis: uno de nosotros junto al conductor y dos o tres detrás, por vehículo. Nos íbamos turnando para darle conversación al hombre para que no se durmiera", es Parra quien relata. Artigas continúa: "Llegamos para comer e ir al estadio. Estamos muertos, pero metimos un gol y nos dijimos: ¡hay que aguantar! Lo hicimos y acabamos ganando ese partido imposible".
El Espanyol acabó cuarto aquella Liga y la siguiente. "Hoy nos daría paso a la Champions", advierte Faura, uno de los muchos catalanes de aquel equipo que llegó a juntar a cinco de Terrassa: Artigas, Celma, Argilés, Cruellas y el propio Parra, que aunque nacido en Blanes se considera de Terrassa "de toda la vida". Entonces jugaban de fuera en el Espanyol un francés (el portero Marcel Domingo), dos valencianos (Cata y Bolinches) y un vasco, Piquín, recientemente fallecido; el resto era de casa. "De los que íbamos y veníamos en el tren; yo desde Gavà (explica Faura), donde ayudaba a mi padre en las tareas del campo, pues teníamos unas tierras que él cultivaba..."
Por eso les dolió en el alma que la racha del oxígeno se rompiera en Les Corts, ante el Barça (2-1), en la jornada número 12 y de qué manera. Las crónicas de la época aseguran que los azulgrana vendieron aquella tarde más entradas de las debidas, lo que acabó provocando una avalancha que ocasionó un muerto y varios heridos. "Fue tras el gol de Mauri, el 0-1. Se rompieron las vallas protectoras y empezó a caer gente al campo", recuerda Parra.
La gran bronca. Artigas, capitán perico, dio un paso al frente: "El gobernador civil (Felipe Acedo Colunga) ordenó a la Policía que colocará a la gente que había caído de las gradas en el suelo, sentada junto al césped. Era una encerrona que culminaba una semana en la que la consigna por la ciudad fue que el Barça debía acabar con el invicto del Espanyol: ¡les molestaba nuestra buena racha! Total, que me negué a continuar el partido diciéndole al gobernador que el Reglamento prohibía jugar en esas condiciones. Mi conversación con él se produjo en el campo, hasta donde bajó para obligarnos a continuar. Lo hacen o les meto en la cárcel, me amenazó a gritos".
En aquellas circunstancias, con el público barcelonista encendidísimo, "ni oxígeno ni nada: a perder", interrumpe Parra. El húngaro Hanke anotó el empate a uno y a poco del final, Moreno, el que más tarde formaría con Basora, César, Kubala y Manchón la delantera que cantó Serrat, anotó el 2-1. "Fue una encerrona", resume Parra. Que empezó antes del partido: "Llegamos al vestuario y alguien había quemado unas toallas, lo que hacía imposible inhalar oxígeno. Nos tenían miedo", relata Artigas. ¿Fue el Barça? Parra sonríe: "No se supo, claro. Nos quejamos a los encargados del campo para nada. El caso es que las quemaron; uno del Espanyol seguro que no fue...".
Desde entonces, y durante muchos años, los días de derbi los jugadores del Espanyol se desplazaban a feudo azulgrana con la ropa deportiva para estar lo menos posible en territorio culé. "Tras lo de las toallas durante años fuimos vestidos de futbolista a Can Barça. Después volvíamos a Sarrià y nos vestíamos de calle", resumen. El oxígeno acabó en el Espanyol con la marcha de Scopelli. Le sustituyó Ricardo Zamora en 1955.
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