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Domingo, 23 de Noviembre de 2008

Primera | Real Madrid 1 - Atlético 1

Guti se exhibe; el Kun perdona

La expulsión de Ramos arrinconó al Madrid. Agüero falló la ocasión más clara. Mista abrió el marcador y empató Raúl. Al final, justo empate

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Juanma Trueba | 02/10/2006

Agüero, delante de Casillas. Nadie alrededor. Dos minutos para el final. Ahí se detiene el tiempo. El chico levanta los ojos y se sopla el flequillo. Inmutable. Frente a él, un harén en modo autoservicio. Entre los cientos de sugerentes posibilidades que se le ofrecen (colocar, romper, e incluso, si es un sádico, regatear), el muchacho, víctima de su genialidad, elige la más insólita: vaselina displicente, palanca desmayada. Y el balón que toma vuelo y no baja nunca, porque los cueros ya no son de vaca, sino de poliuretano. Suspiró tanto el Bernabéu, que se levantó viento. Y el joven regresó sobre sus pasos, lamentándose, pero tampoco mucho, porque el talento en lingotes se guarda en neveras que te dejan frío. Allá él. Se quedó sin nuestro ocurrente titular: "Kun laude". Es cierto, no se pierde chispa con los años.

Si decimos ahora que ese fue el momento clave del partido es porque fue el último momento clave del partido. Hubo más. Poco antes, el propio Agüero había disparado con rabia a la cepa del poste y su cañonazo se había tropezado con la milagrosa manopla de Casillas. Como la memoria de los niños es película de alta sensibilidad, tal vez ese episodio pesó en el encuentro definitivo, y quizá por eso el intento de burla: si atrapa balas, le lanzaremos globos. De poliuretano.

Todo esto ocurría en los últimos 22 minutos, el intervalo que transcurre entre la expulsión de Sergio Ramos y el apresurado pitido final, soplido que nos escatimó lo que pudieron ser 20 segundos deliciosos, robo imperdonable. Se entiende que el árbitro no quería más problemas y daba por bueno el empate. O que tenía cita.

La segunda amarilla de Ramos será otro de los asuntos de debate durante la semana. El central vio la primera cartulina por un intento de remate con la mano. Una sanción indiscutible si no fuera porque la vida despliega sobre cualquier acto (y su juicio) un amplio surtido de tonos grises, ni blancos ni negros. Ramos tocó el balón con el brazo, sí, pero pudo hacerlo como un gesto de impotencia al ser agarrado en el salto por Seitaridis. Conclusión: no nos vale el reglamento, es necesario recurrir a la interpretación de los sueños. Luego, en pugna con Fernando Torres, la cuestión fue más vulgar: aunque el rojiblanco se retorció herido por la metralla, su caída fue consecuencia del forcejeo y no de la agresión. En fin, que como no hay tarjetas fucsia, el central acabó viendo la roja.

En ese instante, Capello dio la fiesta por terminada y apagó la música. Sin duda, consideró el empate un mal menor. Pruebas: Raúl Bravo sustituyó a Reyes y, algo después, Beckham relevó a Guti. No es frecuente que el Real Madrid firme tablas en su campo por el simple motivo de tener un jugador menos. Diría que es hasta irritantemente cobarde. Así lo entendió también parte del público, al que sólo consoló la entrada de Ronaldo, a falta de nueve minutos. Impenitentes soñadores.

El reto. El Atlético, asombrado por el repliegue enemigo, aceptó el balón, pero no el desafío: más de 20 minutos de dominio contra un Madrid reculado y en inferioridad. Tocó, abrió y siguió las reglas que sirven para cualquier visitante, olvidando que ni él era un visitante cualquiera ni aquella una visita rutinaria. Le faltó codicia, deseo. Sentimiento vengador. Por segunda vez en el transcurso del encuentro volvía a carecer de instinto asesino, de un grito, de una cicatriz, de un ideólogo. Hubiera bastado un aficionado con bufanda y trompeta.

El primer tren que había dejado pasar el Atlético estuvo detenido en la estación durante casi media hora, la primera. El gol de Mista, agitado por Torres y Maxi, había dejado al Madrid contra las cuerdas, al pairo de un puñetazo final. Torres pudo ser el autor del KO, pero su media volea no enganchó un centro lateral. Sigue torpe contra el Madrid y al final sólo le salvaron un par de buenos pases a Agüero. Maniche lo tuvo más cerca, pero remató con la derecha cuando debió hacerlo con la zurda, o con ninguna: Maxi esperaba el centro. Entonces, en pleno chaparrón, apareció Guti, imperial, sosteniéndose a duras penas, pero amarrándose al timón.

A estas alturas resulta evidente que quien pretenda atacar el juego de creación del Madrid no tiene más que detener a Guti. Pero hacerlo con faltas constantes no es precisamente una estrategia muy sutil. Y las cuatro amarillas que vieron los rojiblancos fueron por derribos descarados al mismo jugador, disparen al bueno. Caza y captura.

En esas condiciones es un mérito enorme salir entero y mucho más volver al lugar donde se reparten las tortas para ponerte tú a repartir juego. Cualquier otro se hubiera preocupado más de sus tobillos que de una gloria incierta. Pero no está entre los pecados de Gutiérrez la cobardía.

Con el partido a sus pies, sacó el catalejo y desde la izquierda mandó un pase tan preciso como hipnótico, porque si eres defensa y miras al balón, te matan por la espalda. Por allí surgió Raúl para culminar con la derecha, como en los viejos tiempos, vivo e implacable. Y como se esperaba, lo celebró como nunca, brincando como un caballo salvaje y señalando con los pulgares su nombre, un mensaje a los incrédulos. Me doy por aludido, pero sólo diré que este purasangre corre más desde que le pican espuelas.

Por cierto, el gol deslizaba un tupido velo sobre la posición del capitán, tristemente exiliado a la banda derecha donde no le acompaña ni la pierna ni la velocidad. Capello se equivoca. Sin especialistas para esa banda, sólo Robinho tiene agilidad y desborde para acoplarse a esa posición. Como es listo (aunque terco), confío en que termine por dar una oportunidad al chico. Del mismo modo que espero que libere a Mejía de una posición que no es la suya y que convierte el flanco diestro en una manga llena de remiendos.

Intercambio. El Atlético cedió unos metros, pero continuó pegando. Maniche disparó desde la frontal y el balón se envenenó al rozar en un defensa. Casillas volvió a desactivar el explosivo. La última ocasión de la primera parte fue para el Madrid. Reyes encontró a Van Nistelrooy con un pase en profundidad, pero el holandés controló mal y chutó forzado. Aun así obligó a lucirse a Leo Franco.

En la reanudación, los blancos siguieron mandando; Guti, en concreto. Diarra y Emerson se aplicaban en la intendencia con más pena que gloria, mientras Reyes ponía más ganas que acierto. El sevillano tuvo ocasión de redimirse. Fue una triangulación entre Raúl y Guti en la que este pecó de generoso y quiso asistir a Reyes, que no lo esperaba. Maxi replicó con una buen recorte y un tiro al lateral de la red.

Ramos fue expulsado luego. Lo demás está contado. Imagino que sumados y restados aciertos y errores el empate es justo. Ni blanco ni negro. Gris perla.

El detalle: Gallardón lo vio en el palco

El único respaldo oficial que había echado a faltar Calderón tras su elección como presidente era el del alcalde de Madrid. Ayer, Gallardón se lo dio acudiendo al partido.


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