Mario Ornat | 13/04/2006
La final cumplió desde el primer instante todo lo que hubiera deseado el Espanyol y nada de lo que quisiera el Zaragoza. Óscar perdonó la primera oportunidad y Tamudo anotó la siguiente. Esa diferencia explicó el partido. Casi cada vez que disparó a portería, el equipo de Lotina hizo gol. Mientras el Zaragoza se deshacía en nervios y en jugadas inacabadas, en el intento constante de encontrar a sus mejores jugadores y no hacerlo. Para el Espanyol el triunfo se resolvió en dos o tres cuestiones. Pero fueron cuestiones capitales: matar cuando pudo, meter al Zaragoza en un laberinto anímico y, por encima de todo, dar con Tamudo donde estuviera.
Uno quiere detenerse en la jugada de la expulsión de César. Un futbolista nunca puede hacer algo así, pero tampoco debería permitirse que el balón se pierda por un fondo y un jugador deba ir a buscarlo y se vea sometido a lo que César se vio sometido en esos segundos fatales a merced del fondo del Espanyol. Le cayó de todo y devolvió algo de eso. Habría que proteger a los jugadores para protegerlos incluso de sí mismos y de las reacciones de su frustración. Medina no lo vio así. Era un final cruel. Todos los miedos reunidos.
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