Guillem Balagué | 17/10/2006
Perdimos 2-0 en Barcelona en la ida. La vuelta se jugaba en Stamford Bridge y Osgood y Charlie Cook, claves para nosotros, estaban lesionados. El doctor nos dijo que necesitaban dos días más para recuperarse. El terreno de juego estaba muy seco y llevábamos varios días de sol. Pero se me ocurrió pedir a los bomberos que inundaran el campo: trajeron seis camiones llenos de agua y cuando el árbitro inspeccionó el campo al día siguiente casi se hunde. Se suspendió y les ganamos 2-0. Una moneda decidió que el partido de desempate se jugara en el Camp Nou y ahí nos mataron, 5-0. Aprendí que no valía la pena hacer trampas.
José Mourinho es aire fresco y nuevo, pero no estoy de acuerdo con todo lo que hace. No necesitaba meterse con Rijkaard, por ejemplo. Y debe mejorar el fútbol del equipo: no me convence, no hace un fútbol atractivo, sólo efectivo. Y, como Rafa Benítez, le da demasiadas vueltas al equipo.
La directiva ideal debería estar formada por tres hombres: dos muertos y el tercero, a punto de morir. No tengo claro si a Abramovich le gusta el fútbol o es su hobby. Y si se marcha, el Chelsea desaparecería: el estadio no se puede ampliar y su afición no es suficientemente grande para soportar su inversión.
Ahora les pagan demasiado, les miman demasiado. Que vuelva la mili y que les obliguen a hacerla a todos esos capullos. No son leales, no se toman el fútbol tan en serio como nosotros. Son atletas más que futbolistas. Se quejan de todo: que si muchos partidos, que si mucha presión, que si en invierno hay que parar a descansar. No sé mucho de historia, pero no recuerdo que hubiera un parón en invierno durante la batalla del Somme en la Segunda Guerra Mundial. Hay demasiado engaño, demasiado tramposo.
A eso no le llamo ser listo, sino ser tramposo.
No creo que Steve McClaren cambie de opinión. Le ha dejado fuera para ganar autoridad, pero yo siempre tendría a los mejores en mi selección mientras mantengan el compromiso y la disciplina. Siendo entrenador del Chelsea, les di una noche de fiesta a mis futbolistas. Algunos pasaron tres días sin salir de un bar, así que me cargué a siete de la siguiente convocatoria, incluido el capitán, Terry Venables, al que vendí por haberme chuleado. Siempre ha de haber límites.
Es que me pillaron acostándome con la mujer de un fisio. En todo caso, cada vez más ser entrenador es como participar en una guerra nuclear: no hay ganadores, sólo supervivientes.
Disfruto muchísimo viéndola. Uno de mis grandes recuerdos fue aquel memorable 7-3 que el Madrid le metió al Eintracht de Frankfurt. Cuando era preparador del Chelsea, pasé dos semanas siguiendo los entrenamientos del Madrid. Me cuidaron muchísimo, especialmente Miguel Muñoz, Puskas o Di Stéfano, el mejor jugador que yo he visto. Apliqué muchas cosas a mis métodos: entrenar con el balón, establecer una disciplina seguida por los jugadores con cierto margen de libertad
En mi primer día como seleccionador escocés, tuve que cancelar una sesión porque nadie le podía quitar el balón a Jimmy Johnstone. Me imagino que con el brasileño pasará igual.
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