Juan Cruz | 22/12/2006
El equipo de los colores. El Barça, el de la primera mitad, pintó todo el campo. Desde Valdés hasta Gudjohnsen, Rijkaard protegió al equipo, que es como decir protegió el balón. Y es que el color, al menos el de los rostros de estos jugadores, no cambia ni siquiera en las máximas derrotas, como la del Mundial de Clubes. El técnico no deja que las crisis entren en el equipo. Este grupo de jugadores hace que las crisis, una tras otra, se queden en los periódicos y en los bares. Más en los primeros.
Riesgos normales. Se ha hablado de que el Barça asume muchos riesgos. El riesgo forma parte de este equipo tanto como pertenece a la naturaleza del propio juego, en este caso, el del fútbol. Quien juega, arriesga. El Barça es el que más juega, por lo tanto, es el que más arriesga. Y es que quien no lo hace, se arriesga al olvido. En el riesgo está el éxito. También el fracaso, pero el fútbol vive de eso. El Barça, también.
Iniesta se ha hecho mayor: protesta. Todos los augurios que vinieron de Japón desaparecieron en 45 minutos. Y es que el Barça se comporta igual, desde las victorias o desde las derrotas. Al convertir los prolegómenos del encuentro en un ritual, los jugadores ya saben lo que tienen que hacer: la concentración es mecánica y automática. Con Xavi dirigiendo, el partido parecía que se iba a ver desde el ataque azulgrana. Iniesta además ya tiene galones para ejercer de arquitecto azulgrana. Incluso protesta al árbitro. Se ha hecho mayor.
Mal negocio. El Barça quiso negociar en la segunda parte. Pero el ritmo monocorde del equipo que siempre tiene el balón bailando en los pies, no le bastó esta vez. Por ahí llegó el empate. Y también vino porque Gudjohnsen y Ezquerro se liaron cuando las sombras defensivas desaparecen y se agiganta la sombra casi invisible de la portería. Al islandés quizá le pase porque juega los partidos de espalda a la portería. Es como el retrovisor que le da un nuevo punto de vista al equipo. Pero el equipo anoche sólo le pidió goles. No llegaron. Mientras, Saviola quedó desconsolado en el banquillo.
Se juega según se mira el campo. No por el empate el equipo va a entrar en crisis. La exigencia del entrenador, la preocupación porque exista autocrítica hace inmensa la labor de Rijkaard. Quizá se echara en falta anoche el solo de Etoo. No tardará en volver. Son las ausencias inoportunas de este equipo. Como la del lateral izquierdo. Oleguer tuvo que ocupar ese puesto que no le correspondía. Se notó. No es lo mismo mirar el campo desde un lado que desde otro. Todo cambia. Todo menos la magia de Ronaldinho.
El pase perfecto, el remate imperfecto. La perfección la puso Ronaldinho. Un toque, uno sólo, con la fuerza precisa, en el momento decisivo, ¿con el pecho o con el hombro? Con elegancia, seguro. Una cabriola la de Gudjohnsen que enterrará en el cementerio de los vídeos el pase que puso ser perfecto. Hasta aquí todo normal. El crack vivió incómodo en la segunda parte. Anoche hizo mucho frío en Barcelona.
Fin de año. En tiempos donde el rival más odiado no es el más peligroso, no es hora de empatar. El Sevilla se torna como el otro enemigo blanco. El año que viene lo veremos.
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