Juan Jiménez | 09/06/2008
Los suicidas viven así, la siguiente curva es vida o muerte, la siguiente dirección prohibida es ciega. Sólo te queda el destino. Nadie sabe cuál es el destino del Málaga, si la gloria del ascenso, que tiene a tiro de victoria ante el Tenerife o si el drama, lo que olió diez minutos, cuando desde Mendizorroza llegó, dramático, el segundo gol de la Real. Y entonces todo fue a tumba abierta. El Málaga, a por el gol. El Granada 74, desesperado, a por el suyo, que ni la victoria donostiarra le valía. Está en la UVI. Lo que sucedió en los últimos 15 minutos de este empate a cero fue una cascada de oportunidades, un partido roto. Paco Esteban, de Loja él, pero criado en Málaga, lanzándose al vacío pidiendo un penalti. Peragón, voluntarioso, oliendo la gloria. Sandro, que antes era Curro y ahora José Tomás, mirando al tendido cero y dándole el balón de la gloria a Iván Rosado. Solo delante de José Juan, el abismo. Se estrelló contra él. Era el último minuto.
Hubiese sido el gol del ascenso, pura gloria, porque casi al final el Alavés hizo dos goles y el Málaga, esta vez sí, estaba a un gol de Primera. Pero para cuando llegó la magia a Vitoria, Iglesias Villanueva ya había pitado el final, que provocó un estado de descomposición en los jugadores del Granada 74, que se habían dejado el alma, y de cierta incredulidad en los jugadores del Málaga, que ya no sabían a qué atenerse. A diez minutos del final, Muñiz lanzó a la tropa a la primera línea del frente, a dejárselo todo. Y a cinco, les mandó de nuevo a trincheras porque desde Castalia y Mendizorroza, dos estadios que desde ayer ya ocupan puesto de honor en el imaginario malaguista, llegaban noticias inesperadas.
"Parecemos del Atleti", pasó un malaguista al final del partido, desconcertado, sin tener muy claro qué pensar. Si el Málaga no marcó ayer, con el partido roto en mil pedazos, el centro del campo convertido en un Sahara, despoblado porque los jugadores iban cayendo como moscas, es temerario asegurar que lo hará el domingo. Porque por el desarrollo del partido, el empate a cero pareció un milagro. El cubil del Escribano Castilla, cajón de sorpresas, máquina de pinball, permite una oportunidad cada cinco minutos. Un loquinario poco propicio para los corazones. Para Carlos Marsá y Quique Pina, inventores de esta idea del Granada 74 que se ha ido a pique sin explicación fácil. Para Fernando Sanz, que lo vivió agarrado al móvil y con unas gafas de sol que no impedían percibir un estado de nervios que era símbolo de todo el malaguismo.
Los corazones se rompieron en la segunda parte, cuando la partida iba al no va más. Marcos, sin trabajadores útiles, utilizó futbolistas casi inéditos durante la temporada. Muñiz, experiencia es un grado, recurrió a Iván Rosado, Peragón y Sandro. Quería años en el oficio, no potros desbocados. Y cada cambio, en lo suyo, fue acertado. Paco Esteban disparó más a puerta que Luque, Elvis resultó un incordio para Valcarce. Peragón, un torito, achuchó lo suyo y, por más que no culminase, se convirtió en una mosca para Assemoassa. Sandro dio el pase del partido e Iván. Ay, Iván. Con él regateaba toda Málaga. Por cómo aceptó un contrato del Málaga, por cómo jugó con el hombro roto sin saberlo la temporada pasada, este hombre de área merecía un gol que era la gloria. No llegó.
Nadie sabe realmente muy bien qué pensar del empate. Bueno, el 74 ya no puede ni pensar porque ya es equipo de Segunda División B. El Málaga podría pensar que le faltó el pasito para pegarse el festival en el Escribano Castilla, al abrigo de sus fieles, que le empujaron hasta el final. Pero igual le convendría una felicitación oficial al Alavés y al Castellón, que le permiten seguir en la carrera. Ahora sí, con el cupo de favores agotado, es todo o nada. Si el Málaga gana al Tenerife el próximo domingo (18:00 horas) será equipo de Primera División. Lleva 41 jornadas en ascenso, qué importa una más. El rival es el Tenerife, ese viejo ogro del madridismo, al que abrasó a principios de los 90. El Málaga, como el Barça, quiere cantarle el amigos para siempre.
El empate de ayer supuso el descenso matemático del Granada 74. El equipo local acabó desolado. Carlos Marsá bajó al vestuario para arengar a sus jugadores y pedirles un último esfuerzo. El dirigente desea que su equipo acabe el cuarto por abajo para poder optar a seguir en Segunda si se produce un hipotético descenso burocrático por el impago de algún equipo.
Marsá
El presidente del 74 soportó las críticas de la afición del Málaga y es de Segunda B.
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