Carlos Marañón | 06/03/2008
En una noche rara de una eliminatoria rara de una temporada rara volvimos a descubrir el valor del número 10, de un inolvidable número 10. Y ya era hora de reivindicar el dorsal mágico del fútbol universal. Desde que las camisetas de los equipos son un negocio andamos un poco despistados entre números 5 argentinos, goleadores con el 99 a la espalda y falsos extremos con el 14 de Cruyff. El 10 es el 10, qué caramba. Y anoche, Francesco Totti, al frente de la orquesta negra romanista en el Bernabéu, nos lo devolvió.
Su personalidad, su despliegue técnico y su ascendencia sobre los compañeros desempolvó la vieja estampa de los futbolistas que dan sentido a un equipo, de los nombres míticos que los chavales se pedían entre discusiones en los partidos de la calle. Eran otros tiempos y este romano heredero del empaque de Bruno Conti, de la movilidad de Falcao y del gol de Pruzzo nos los ha hecho revivir. Y eso sin necesidad de caer en el defecto italiano innato de la sobreactuación, el mayor pecado de este futbolista en los últimos años. Totti campó ayer a sus anchas como si fuera el papá de todos los demás jugadores sobre el terreno de juego. "El balón para mí y los demás os lo repartís, majos".
Tras más de una década brillando en el fútbol italiano da la sensación de que nunca nadie se ha tomado demasiado en serio a Francesco Totti. Quizá por editar libros benéficos de chistes sobre su persona. Tal vez por jugar en el Roma, uno de los grandes, pero menos; a lo mejor por su pertinaz fidelidad a los mismos colores, quién sabe. Nadie se acordaba ayer de que sobre el terreno de juego estaba un campeón del mundo. Y pensar que este jugadorazo podía haber sido del Real Madrid. ¿Quién es el guapo que se atreve ahora a contar un chiste sobre Totti?
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