Sólo tiene 24 años y ya parece un clásico en la gala del Balón de Oro: tercero en 2007, segundo en 2008 y ganador en 2009 y 2010, cuando compartió podio con dos compañeros formados en La Masía, Iniesta y Xavi. Messi concentra en 169 centímetros uno de los arsenales de talento más improbables, deliciosos y demoledores de la historia del fútbol. Su crecimiento se mide casi en semanas y partidos, ya ni siquiera en meses, y sólo hay algo que impresione más que su presente: su futuro.
El ojo de Rexach.
Messi es esos 24 años y esos 169 centímetros, rastro de su deficiencia de la hormona de crecimiento que le llevó al Barcelona, el equipo que podía y quiso pagar el tratamiento que River Plate quería pero no pudo pagar. Fue Carles Rexach el que se convenció apenas verle jugar. El resto es historia para el Barcelona y para el fútbol. Su lunar, ya el único, es que le falta cuajar de forma definitiva con la selección absoluta de Argentina (fue campeón olímpico). Si en el Mundial de Sudáfrica se le escapó una ocasión ideal, en la última Copa América, disputada en Argentina, coleccionó una nueva decepción con la albiceleste.
Puro talento.
En el campo, Messi es puro talento, un jugador delicioso. Inteligente, rápido de piernas y cerebro, vertical, instintivo y con una creatividad extraordinaria e indefendible para los contrarios. Pasó de la media punta a la banda y de ahí de nuevo a la zona central. Ahora juega como falso delantero con libertad absoluta. Se filtra entre líneas, define como un goleador y crea juego y asiste como un media punta. Sus remates de seda, sus slaloms imposibles y sus combinaciones dentro de la ingeniería de juego del Barcelona son marca registrada. Dicen que los genios son aquellos que ven el mundo de manera diferente al resto. Sucede con pintores, arquitectos, poetas, cocineros y también con deportistas. Así es Messi y su fútbol: puro genio.