Domingo, 20 de Julio de 2008
Juan De Dios Román | 05/05/2008
El mutuo conocimiento del rival que tenían los técnicos y jugadores definió la ida de la gran final y en la partida de ajedrez planteada las opciones de jaque quedaban en manos de los talentos; el partido, lleno de cortas historias, brilló de manera intermitente por la superioridad de las defensas, dureza y calidad en altas dosis, y en tal dibujo las individualidades tenían que ofrecer el toque de distinción. En los diez primeros minutos el juego se desarrolló en la dirección prevista y la velocidad del Kiel apareció en el Quijote; con la primera ventaja local los alemanes tiraron de oficio defensivo ante la desaparición de un desconocido Omeyer siendo las segundas espadas, Lund y Jicha, bastiones en la defensa. Sterbik, en su recital en la primera parte, marcó diferencias en los momentos de brillantez defensiva. La dureza prevista ocasionó más daño a los manchegos que fueron privándose de Metlicic, Davis y Rutenka.
Mientras por el lado alemán Klein y Karabatic superaron la factura que el juego defensivo imponía. Ahí se desvió la hoja de ruta manchega que podía soñar con un sufrido 23-20 en la mitad del segundo periodo. El regreso de Karabatic a la pista, encorajinado y momentos de clarividencia de Lovgrën con el pivote provocó la reacción alemana. Por entonces el portero Omeyer regresó entre palos y paró los balones del partido; "los que había que parar" en frase clarividente del legendario Lorenzo Rico. Balonmano de alto nivel en series cortas. Y es que una final es siempre otra cosa.
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