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A veces en el
mundo del deporte, en el football también, hay días en los que todo
se tuerce. Son esos días en los que no se habla de touchdowns, de
jugadas increíbles, de placajes espectaculares o de lo grande que
es un equipo o un jugador. Este es uno de ellos. Y de verdad que
da rabia, pero todos nosotros, jugadores, entrenadores o aficionados,
debemos tener presente que el football tiene dos caras. Una ya sabéis
cual, la otra da hasta miedo pronunciarla: las lesiones.
Supongo
que todos vosotros habréis visto la película del genial y polémico
Oliver Stone, "Un domingo cualquiera". Si no, deberíais hacerlo.
Yo la he visto por lo menos tres veces. Y siempre me acuerdo del
lema de Tony D'amato (Al Pacino), diciendo que "un domingo cualquiera
vas a ganar o vas a perder". Y es verdad. La frase es objeto de
múltiples interpretaciones, y la mía es que independientemente de
lo que pase en el campo, de cómo quede el marcador al final del
4º cuarto, la vida sigue. Habrá otro partido .
Pero también,
un domingo cualquiera, o un sábado, o un martes, da igual, te dicen
que no puedes volver a jugar al football. Ya no se trata de que
tú decidas jugar o no. Se trata de que un señor con bata blanca
te dice que no puedes volver a jugar porque lo que tu creías un
golpe sin importancia se ha convertido en una fractura de la sexta
vértebra cervical. Y entonces es como si todo se apagara y el sueño
desvaneciese. Sabes que ya nunca más irás a entrenar con tus compañeros,
que los días de partido no podrás hacer nada para ayudarles en el
campo. Tampoco sentirás más el tacto de la coraza sobre tus hombros
ni el del caso en tu cabeza. Y ninguna de las tantas sensaciones
que se tienen cuando se juega al football. Posiblemente alguno conozcáis
ya esta sensación. Otros la conocemos a medias. Y es, sencillamente,
horrible.
Pues bien, esa
sensación es la que ha experimentado hace pocos días (lo sigue haciendo,
seguro), uno de esos jugadores que ya desde el instituto prometían
una larga y próspera carrera. Y esta vez no se trata de un quarterback
con un talento innato, o de un runningback explosivo. Tampoco de
un linebacker que hace todos los placajes. Se trata de uno de esos
"hombres de la línea", de los que muchas veces nadie se acuerda
porque no marcan puntos o no hacen jugadas espectaculares. Un auténtico
superdotado para abrir huecos y proteger a su director de ataque.
Un tackle al que iban a ver ojeadores de los mejores equipos universitarios
en todos sus partidos con la camiseta de los Wolverines del Woodland
Hills High School, en Pittsburgh (campeones de la Quad East los
últimos cuatro años). Un jugador que finalmente se había decidido
por una universidad con mucha tradición en College football, Penn
State.
A Brian Borgoyn,
así se llama nuestro hombre, le había reservado el mítico entrenador
de los Nittany Lions, Joe Paterno, en su año de freshman (primer
año) en Penn State para curtirse con todos los jugadores que no
tienen sitio entre los titulares. Pero no porque no tuviese nivel,
sino por motivos técnicos (a pesar de sus casi dos metros, 125 kilos
y un enorme potencial). Y a comienzos de noviembre sintió unas molestias
en su espalda y el médico le dijo lo que ya os he contado. Así de
frío y demoledor. Sin opción de respuesta.
Pero la vida
sigue. Y quizás Brian Borgoyn, al igual que muchos otros, no pueda
cumplir su sueño de llegar a la NFL. Sin embargo, puede establecer
nuevas metas en su vida y continuar ligado al football si es lo
que realmente le satisface. Y buscar la fecha de su próximo partido,
aunque sea desde la banda. A los demás nos queda la sensación de
que no podremos disfrutar de un magnífico jugador en el campo. Pero
así es el football. Y pese a estas desgracias sigue siendo el mejor
deporte del mundo.
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