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LA
HORA DE LA ANGUILA
Los Titans son
como un martillo neumático. Exasperan a sus rivales con un juego
machacón que agota al más pintado. Cuando parece que una jugada
está terminada, o que un drive va a morir, son capaces de sacarlo
adelante. A trompicones, como de casualidad, pero siempre con una
capacidad increíble para salir de todos los atolladeros.
El equipo es
así desde hace años. Cuando cambiaron su nombre de Oliers a Titans
parece que adoptaron las características que se le supone a su denominación
de titanes. Jeff Fisher ha conseguido que el 'trompicón' sea un
estilo de juego. Y un estilo eficiente.
Alguna vez te
he contado que los Jaguars han sido en los últimos años mi equipo
favorito. Y dentro de los Jaguars, aquel bloque en el que Boseli
era el mejor línea ofensivo de la liga, Brunell un quarterback admirado
y Taylor un corredor increible que no estaba siempre lesionado.
Ellos fueron los primeros que sufrieron a los Titans de los trompicones,
al equipo de la anguila. Sólo tres derrotas en toda la temporada
y todas ellas contra Tennessee. Cuando veía el partido del lunes
me acordaba de aquellos duelos épicos. El guión fue el mismo. McNair,
saliendo de lesiones, en malas condiciones físicas, supuestamente
al 50%, atravesando el campo mientras sus rivales miraban incrédulos.
No es una casualidad que la remontada de los Titans de esta temporada
empezara con una victoria en Jacksonville en el primer partido en
el que McNair y George jugaron a placer.
Los comentarios
de sus rivales hace cuatro o cinco años se repiten en la actualidad.
Los Titans enseñan sus verdaderas armas cuando parece que la jugada
se ha terminado. Cuando cada receptor está maniatado, cuando McNair
está acosado, cuando todo parece indicar que una jugada va a terminar
con pérdida de yardas, aparece el QB de Nashville y se atraviesa
el campo con una potencia imperial.
McNair no es
un buen pasador, nunca lo ha sido. Tampoco es muy rápido ni ejecuta
con precisión las jugada de engaño. McNair es una anguila. Cuando
todo parece perdido sabe sacarle el máximo partido a su situación
detrás de la línea de scrimmage. Amaga una y otra vez mientras sus
rivales le caen encima y el los esquiva como si estuviese embadurnado
de grasa animal. La jugada se rompe poco a poco, los defensas van
perdiendo la posición, el campo abierto emerge de la niebla y Steve
McNair empieza a correr. Con movimientos de cintura se quita de
encima a todo aquel que le sale al paso y destroza a la defensa.
En otras ocasiones pasa in extremis a George que ejecuta con la
misma precisión la jugada de los trompicones.
Esa mecánica
hace que el juego de los Titans sea más efectivo que espectacular.
No es un equipo especialmente divertido pero sí muy eficiente. Vale
con escuchar las declaraciones de las defensas rivales tras terminar
los partidos. Acaban con la moral por los suelos. Son incapaces
de entender lo que ha sucedido. Todo lo han hecho como estaba previsto
pero nada ha salido como se esperaba. El juego del trompicón, la
amenaza de la anguila, ha hipnotizando a los rivales de los Titans
durante los últimos cinco años mientras Jeff Fisher, su head coach,
convierte en un arte lo que podría parecer un defecto.
Si a eso sumamos
que la defensa de Tennessee pega más que nadie, nos encontramos
con que es un equipo capaz de sacar los colores a cualquiera. Eso
hizo la noche del lunes con los Patriots. Los actuales campeones,
renacidos hasta ese momento, parecían un juguete en manos de sus
rivales. Nada funcionaba ni en ataque ni en defensa y la exasperación
terminó por derrotarles. La anguila se les escapaba de las manos
una y otra vez.
McNair no pasará
ni será un jugador elegante; no liderará ningúno de los apartados
dedicados a los QB en el mundo de las estadísticas ni levantará
pasiones fuera de Tennessee pero ha convertido en un arte el juego
de la angula. ¿O será que se embadurna de grasa antes de los partidos?
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