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Jon Gruden tiene
39 años y el domingo se convirtió en el entrenador más joven en
ganar una Super Bowl. Las estrellas de los Raiders rondan su edad
y tal vez descubrieron sobre la moqueta del estadio de San Diego
que los tiempos de los viejos rockeros han terminado. Gruden, con
un planteamiento de partido perfecto, dio por finalizado el siglo
XX en el football americano. Las grandes estrellas que dominaron
durante los años 90 tenían la última oportunidad de reivindicarse
en la XXXVII Super Bowl pero los Bucs se encargaron de demostrar
que el football del siglo XXI no respeta las canas.
Los
Raiders intentaron hacer lo que se esperaba. Insistieron con el
pase y en muy pocas ocasiones intentaron correr, pero los Buccaneers
de Gruden asfixiaron a la ofensiva rival presionando a Gannon y
pegándose como lapas a los receptores. El ataque de Oakland no empezó
a funcionar hasta que el partido estuvo decidido. Mientras, su quarterback
acumulaba intercepciones (5), golpes, y pases a la nada.
Tal vez Bill
Callahan se arrepienta ahora de haber expulsado de la concentración
a Barret Robbins, su center titular, por llegar tarde a la concentración
del equipo del sábado por la noche. Con él en el campo, Gannon hubiera
tenido el medio segundo que le faltó en cada jugada para poner a
jugar a su ataque.
El
caso es que el partido empezó muy bien para los Raiders. Charles
Woodson interceptaba un pase de Johnson en la tercera jugada del
partido y en poco más de cuatro minutos los Raiders se adelantaban
en el marcador. Sólo fue un espejismo. Desde ese momento se vio
que los de Oakland eran incapaces de imponer su juego mientras los
Buccaneers rompían con el guión previsto y controlaban a su atojo
el tiempo del partido. En vez de hacer volar el balón, confiaron
en Pittman, un corredor que no suele recibir más de 15 balones en
cada partido y que el domingo corrió 124 yardas en 29 intentos.
Cuando las cosas se complicaban aparecían Keyshawn Johnson o Alstott
para arreglarlo y cuando no era el ataque el que anotaba era la
defensa la que lo hacía gracias a una intercepción.
El
marcador llegó 20-3 al descanso. La mayor remontada de la historia
de la Super Bowl había sido de 10 puntos pero nadie dudaba que los
Raiders eran capaces de darle la vuelta al partido si salían mentalizados
en la segunda parte. Su afición, consciente de ello, creó un ambiente
infernal y los de Gannon, encorajinados, salieron a jugar con el
puñal en la boca.
Otra
vez se hundió el barco de Oakland a las primeras de cambio. Tres
y fuera en el primer drive, touchdown de Tampa en el segundo y nuevo
touchdown de los Bucs en el tercero tras interceptar a Gannon. 34-3
y la fiesta se había terminado. Era imposible que los Raiders remontaran.
Y hubo un momento
en el que pareció posible el milagro cuando el ataque de Oakland
comenzó a funcionar, ¡por fin!, y Tampa levantó el pie. 18 puntos
seguidos de los Raiders les hacían seguir a flote hasta el último
momento, pero los Buccaneers juegan con el reloj como nadie y consiguieron
que la segunda mitad pasara volando impidiendo que los Raiders consumaran
lo que hubiera sido la mayor remontada de la historia. Para colmo
de males, los californianos sufrieron dos intercepciones más en
los minutos finales y el resultado final (48-21) se convirtió así
en una de las grandes palizas de todos los tiempos y en la confirmación
de que a los viejos rockeros se les ha pasado el tiempo para ganar
un nuevo anillo. La de Tampa promete ser una dinastía para la historia.
Han tardado 26 años en conseguir su primera Super Bowl pero todo
apunta a que este equipo puede convertirse en un clásico.
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