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| España,
como siempre favorita, tiene la obligación
de superar el desastre de Francia-98. /AS |
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España
vuelve a presentarse en la Copa del Mundo con el embriagador
aroma de selección favorita. Ese aroma elaborado
a partir de algo indiscutible: dispone de la mejor Liga
de clubes del mundo. Parejas, en cambio, caminan las
dudas. Y es que España se ha acostumbrado desde
el Mundial de 1982 a jugar con las perspectivas de un
poderoso para caer atropellado en las primeras curvas
de la autopista. Así de cruel ha sido el desempeño
mundialista de un país cuya urgencia histórica
está en el Mundial, maldita cumbre.
José Antonio Camacho, un casta, no ha querido
esconderse como anteriores seleccionadores de pésimo
recuerdo. Y vocifera que lo mínimo son las semifinales
y que a sus jugadores se les puede exigir hasta el título.
Y, si hay fracaso, se va a su casa. Por sueldos, por
calidad y por experiencia internacional (dominan Europa
con sus clubes tras tirar del cajón del oro a
Italia), a los internacionales por España se
les supone un tirón futbolístico de primer
orden. Y en este período como quien dice de entreguerras,
con Brasil y Alemania desarmados, hay que convencerse
en que ahora o nunca. Aunque sea sin Pep Guardiola,
que para España en cualquier caso nunca ha resultado
tan vital como para el Barça del Dream Team.
Camacho maneja un grupo sólido al que no se le
recuerda un partido 10 en la sencilla fase de clasificación.
Pero con elementos como Casillas, Helguera, Mendieta,
Valerón, Vicente, Raúl o Tristán
la presunción del éxito es razonable.
Sólo queda evitar a Nigeria o Italia. España,
cabeza de serie, lo es por derecho propio. Y ya es hora
de que Cardeñosa la empuje dentro, que Honduras
no exista, que Eloy transforme el penalti, que Míchel
no se quite de la barrera, que Salinas encare mejor
al portero y que Zubizarreta no se salga de cuadro.
Espantados esos fantasmas recientes, los toros volverán
a estar de moda en Japón. Con el Niño
del Sol Naciente en el cartel, por supuesto.
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