Tomás Díaz-Valdes | 13/05/2008
En la historia del motociclismo, como en la mayoría de las especialidades, siempre ha existido, existe y existirá un genio. Un fuera de clase. O como dicen ahora, un crack. Son esos superdotados que rompen con todo lo establecido. Éste es el caso de Valentino Rossi. El italiano, del que algunos han comentado que estaba en su fase de declive, ha vuelto a dar un recital de valor, inteligencia y saber hacer. Cuando se tiene el hambre de triunfo de los más grandes, poco o nada importa el dinero. El objetivo es saciar su apetito de vencedor. Ganar es su alimento más preciado. Y esto sólo les sucede a los mejores, a los elegidos...
Tampoco puedo olvidar el hambre de Jorge Lorenzo. Es otro de los superdotados. A pesar de sus dolencias, terminar cuarto y rodar como lo hizo en las vueltas finales fue un espectáculo magistral. Y aquí no hay válvulas mandadas por muelles o neumáticas. Aquí lo que hay es corazón y hambre de triunfo. Ante dos fenómenos de tal calibre, no tengo más remedio que quitarme el sombrero. Ésta es la esencia de un deporte del motor en el que todavía el factor humano, el piloto, cuenta. Por suerte, bastante más que en la F-1. Esperemos que continúe así por el bien de la afición.
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