Domingo, 03 de Junio de 2012
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Artículos de Álex Martínez Roig Álex Martínez Roig | 02/02/2009
La diferencia entre dos jugadores de leyenda (y Federer y Nadal ya lo son) es muy sutil, una delgada línea que inclina el resultado de un lado o del otro. El tenis es un deporte físico, exigente, pero se asemeja mucho al ajedrez en el enorme peso que tiene la estrategia mental. Nadal sabía ayer que llegaba en peores condiciones a la final. El duelo fratricida con Verdasco le había dejado exhausto y Federer había gozado de un día más de descanso. Por eso se puso a trotar, como si fuese Muhammad Ali antes de un combate, cuando se colocó frente a Federer en las presentaciones. El tenista suizo sonrió, pero su cerebro registró el dato. Nadal le estaba desafiando y le mostraba que, contra cualquier lógica, se sentía fresco. No era así, porque Nadal tardó en sentir sus piernas ligeras.
En los primeros sets se le veía más lento de lo habitual. Dicen los expertos que el cansancio es un estado mental y que si te convences de ello puedes evitarlo. Esa es una de las mayores fuerzas del mallorquín: su capacidad de sufrimiento. Los pies de Nadal se deslizaron más rápidos cuando Federer menos lo esperaba, cuando el partido entraba en su cuarta hora. Ahí se vino abajo. La final de Wimbledon fue un mazazo para el suizo. La pérdida del número uno golpeó en la misma herida. Él ya juega contra las leyendas, y por eso la derrota le hizo estallar en lágrimas. Se le ha cruzado en el camino un joven hambriento de títulos, generoso de espíritu, y poderoso en el esfuerzo. Y que, además, le domina psicológicamente. Federer lo sabe: el trono ya no le pertenece. Es de Nadal.