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Artículos de Manolo Santana Manolo Santana | 01/06/2009
Mientras pienso estas líneas me encuentro frío, extraño, con cara de incrédulo. Supongo que muchos de ustedes tendrían la misma sensación ayer por la tarde. Porque que perdiera Rafa Nadal en Roland Garros parecía increíble, aunque más aún lo era que fuera en octavos de final y ante un rival, Robin Söderling, al que venía de pegar un repaso en Roma y que, con todos los respetos, no tiene el tenis de los mejores. Pero esto es deporte. El sueco, animado por el resultado, acabó firmando el partido de su vida ante un número uno que jugó demasiado corto, que nunca encontró el sitio en la pista y que no estuvo a la altura que nos vino demostrando durante cuatro años en las pistas de tierra de París. Ni su capacidad de lucha pudo salvarle.
Nadal venía de ganar en Montecarlo, Barcelona y Roma y, a excepción de la derrota contra Federer en Madrid (posible, claro, ante él) parecía inalcanzable. Pero Rafa, como todos los deportistas, es humano. En estas competiciones de alto nivel, si falla la convicción como se pudo ver en el tie-break del cuarto set, es muy difícil escapar con vida. Simplemente, no estuvo en el partido, no encontró solución a los problemas. Y no fue cuestión de que le pudiera la presión de verse ante la posibilidad de ganar su quinto título en Roland Garros, porque Rafa convive con esa sensación y no le pesa. Simplemente, no funcionó. Por cierto, anormal comportamiento del público: no es de recibo celebrar la derrota del campeón con aplausos hasta en la pista de al lado.