Ver su archivo Juan Cruz | 17/05/2006
Puede pasar de todo, pero yo quiero que gane el Barça. Dicho esto, vamos a contar algunas obviedades. Como me decía ayer nuestro colega Santiago Segurola desde París, en fútbol no hay nada predecible; es como el placer, lo que está claro es que uno lo practica o lo ve para disfrutar, y lo que pasa ya depende de los protagonistas, o de nuestro ánimo. En este caso, los protagonistas son dos de los mejores equipos de Europa, que basan su existencia y su juego en la alegría de hacer fútbol. Y el ánimo con el que se disponen a jugar este partido tan decisivo para su respectiva historia es el de corrobar temporadas en las que han sazonado su modo de ser. Los dos contrincantes son divertidos jugando, se basan en una gestión profesional que no evita el convencimiento de que sólo el ataque justifica la historia de cada club, y además los dos preparadores que los mandan son gente que viven más del ensimismamiento futbolístico que de las alharacas del espectáculo. Dicho esto, está claro que el Barça se halla mejor equipado que ningún club europeo para reivindicar lo que es la esencia del fútbol, el entusiasmo por jugar. Antepone la técnica a la fuerza, pero no renuncia a la primera, y tiene en su seno el símbolo que marca el momento actual del fútbol: Ronaldinho, que representa la implicación de un líder en el juego de equipo. El triunfo barcelonista sería satisfactorio para los que le seguimos desde aquella tarde aciaga de Berna, pero también para los que creemos que el fútbol es el espectáculo más completo. ¿Y si gana el Arsenal? Un buen aficionado no puede contemplar seriamente esa hipótesis, porque la esperanza en el fútbol no conoce la derrota.
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