Artículos de Alfredo Relaño Alfredo Relaño | 06/02/2008
Cuando España jugó en Finlandia, un compañero de Punto Radio pudo escuchar casualmente una conversación entre Luis Aragonés y Hierro, sobre la cuestión Raúl. Por la noche lo contó en la radio. AS lo reprodujo el día siguiente. Lo que argumentaba Luis era de lo más razonable: veía a Raúl mejorando, pero con poca velocidad; y para ese puesto de segundo delantero prefiere jugadores más rápidos. Un razonamiento técnico, comprensible para cualquiera, veraz. Y respetuoso. "Si sigue mejorando acabaré por llevarle", añadía. Algo así ha podido decir en rueda de prensa pero no ha querido.
No ha querido en parte porque a los técnicos les gusta rodear todo lo suyo de un misterio; les parece que dar explicaciones tan sencillas viene a desmontar el mito de que su trabajo se apoya en una ciencia ardua y compleja. Y también por tozudez. Así que el asunto se ha ido envenenando, ha marcado toda la fase de clasificación, se ha convertido en una polémica recurrente que aparece una y otra vez, poniendo sordina a noticias gratas como el 'tiqui-taca' o la magnífica confirmación de Iniesta. Luis no ha sabido enterrar el debate y se encuentra a Raúl una y otra vez. Ayer, al llegar a la estación de Málaga.
Y entró de nuevo en autocombustión, como ante el amigo Azuara, o como cuando Oviedo, o como cuando antes, y antes de antes. Ahora, amigos que no le hacen ningún favor le hablan de un posible complot que consistiría en amargarle para que dimita, para poner a uno que sí lleve a Raúl a la Eurocopa. Total: la víspera de un bonito partido en Málaga, ante Francia, y que debía servir de homenaje a Marca por sus setenta años, la ha convertido otra vez Luis en un pandemónium por sus obsesiones, malos rollos y tendencia a la sobreactuación. Todo por no dar en su día una explicación sencilla y real.
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