Artículos de Miguel Á. Vara Miguel Á. Vara | 28/02/2008
Hacía falta un partido perfecto para ganar en el Camp Nou y eso es lo que rozó el Valencia. Eso sí, nada de jugar de tú a tú, ni de un Koeman ofensivo, el balance final de unos 20 tiros a puerta por uno de los ches es clarificador. El resultadismo fue el arma utilizada, respetable, pero para ese viaje no eran necesarias las alforjas de tirar a Quique. Ronald estuvo a punto de salir airoso, el esfuerzo de los suyos así lo merecía, pero Iturralde echó la habitual manita y el empate ilegal subió al marcador. Tras lo de Zaragoza, la acción de Etoo anoche refuerza la teoría de la mano negra que ayuda al Barça. Parece que esta Copa tenga que anidar en las vitrinas culés pues en las rondas precedentes, ante Villarreal y Sevilla, ya hubo polémica arbitral. Ayer, otro empujón.
Pero sería injusto que el colegiado centrara la atención y se olvidara el partidazo de algunos valencianistas. De entrada, los más experimentados desempolvaron su mejor versión, en especial Hildebrand. Junto a él, Helguera y Villa no fallaron y Albiol maduró cuatro años al ponerse el brazalete. Pero me quedo con la clase media del Valencia, los que marcan la diferencia global porque si ellos fallan, al puzzle le faltan piezas. Destacó un gran Mata, polivalente y sacrificado en defensa, con pinta de ser el nuevo Angulo. Maduro sacó brillo al trabajo gris y Banega enamoró. Pero me quedo con Caneira, Moretti o Arizmendi, habituales olvidados que se arremangaron y sostuvieron la bandera. Gracias a ellos, el bloque che no tuvo fisuras. Fue el triunfo de la clase media.
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