Ver su archivo Juan Cruz | 10/06/2007
Cualquier especulación pasada dejó de servir anoche. Cuando el Barça parecía campeón, el Real Madrid se hizo campeón. Las dos pantallas, la de Barcelona y la de Zaragoza, compitieron con las mismas armas, y se hicieron la pascua al mismo tiempo. La emoción fue uno de los principales jugadores del partido, y la coincidencia fue como una gota de agua fría que cayó sobre los azulgrana como una pena negra. El Madrid se mereció el empate, la verdad, y el Barça mereció ganar. En el cómputo general de los merecimientos dio igual cualquier especulación: si igualan en la clasificación uno de los dos pierde, y este año parece que la coincidencia no premia el juego sino la suerte. El gol de Messi fue con la mano, pero es que los genios no tienen manos, como Van Nistelrooy, o como Maradona, y Messi marcó cuando tenía que marcar. De momento ya ha emulado los dos tantos que le hizo El Pelusa en el Mundial de México 86 a Inglaterra: el de la Mano de Dios y aquel en el que dribló a medio equipo rival, cosa que consiguió Leo frente al Getafe. Pero aquellos golazos de Maradona acabaron dándole el título a Argentina; al Barça, no.
El Barcelona no jugó contra el Espanyol, sino contra el Madrid, y su mirada se distrajo demasiado. Ese gol del empate del Espanyol es consecución de su despiste, con el que había iniciado su calvario en la primera parte. A los culés se nos ha quedado cara de pánfilos. Pero queda un partido. En el último, el Madrid no jugará frente al Mallorca, sino frente al Barça. Ya veremos.
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