Ver su archivo Fabián Ortiz | 22/12/2006
Los efectos del cambio horario fueron peores en el despacho del entrenador del Barcelona que en el vestuario. Después de tres años y medio y un puñado considerable de partidos, ha crecido el número de observadores -desde aficionados hasta profesionales de distinto tipo- que consideran que Frank Rijkaard es de reflejos lentos también más allá de la sala de prensa.
Anoche, ante el Atlético, Rijkaard tomó decisiones propias de quien ha dormido poco y mal. En la elección del equipo titular se dejó fuera a uno de los tres delanteros titulares, Giuly, para volver a echar mano de Motta junto a los tres tenores, Xavi, Iniesta y Deco, en un planteamiento visiblemente conservador. En la primera parte, cuando Gudjohnsen hizo gestos de sufrir algún tipo de contratiempo, mandó calentar a Saviola, para al final dejarlo en el banquillo.
Cuando se lesionó Thuram, que anoche volvió a parecer un señor mayor (sobre todo en la carrera de Agüero previa al gol), se acordó de Giuly, y cuando por fin Gudjohnsen no aguantó más Rijkaard se decantó por Ezquerro para refrescar el ataque. El resultado de esos movimientos, siempre asumidos de manera colegiada por el holandés con Eusebio Sacristán, fue un Barça que, aparte de no saber aguantar la ventaja en el marcador, se movió por impulsos, como un pato sin cabeza. A las diez de la noche, cuando empezó el partido, eran las seis de la mañana en Tokio. A esa hora, hace unos días, Rijkaard dormía. Como anoche.
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