Ver su archivo Juanma Trueba | 26/11/2007
No es un secreto que Guti tiene un punto de arrebato, de furia mal enfocada. Y esa fama (mala) le ha perseguido y lastrado durante toda su carrera, hasta interferir en sus méritos deportivos. Cuando se reconoce su talento siempre hay alguien que recuerda la inconstancia de Guti, su facilidad para evadirse, para explotar. Y eso le ha restado tantas titularidades en el Madrid como presencias en la Selección. Ese precio lo ha pagado ya, y por tanto considero injusto que se le cargue la última tarjeta roja en el capítulo de los pecados de soberbia. Porque fue distinto. Guti reaccionó en Murcia a la última de una serie de patadas que, partido tras partido, tienen como objeto cortar en sus tobillos el juego del Madrid. Siguiendo una consigna conocida (detenerlo a él es detener a su equipo), muchos rivales saben que es posible aniquilar a Guti por turnos y sin recibir castigo alguno.
Guti no merece otra sanción que la que corresponde a un futbolista por golpear a un rival desde el suelo, con más hartazgo que violencia. Su condena ya no es tanto su carácter incontenible (que también), como la actitud de esos árbitros que aceptan con naturalidad mil patadas y después son justicieros con quien se revuelve en defensa propia. La conclusión es que no hay que proteger a Guti de forma especial, hay que proteger el fútbol, el juego, el talento, el espíritu y los tobillos.
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