Artículos de Fabián Ortiz Fabián Ortiz | 09/07/2008
Falta en la junta de los palmeros y los pinyols (nota del redactor para los no iniciados: palmero es aquel directivo que dice que sí a todo lo que propone Joan Laporta y pinyol es uno del mismo perfil, pero más catalanista) la figura de la mosca cojonera que era aquel joven José María Aznar de los últimos años del gobierno felipista. Seguro que usted recuerda la cantinela. Decía: "Váyase, señor González". Y era el latiguillo que cerraba las intervenciones parlamentarias de quien más tarde llegaría hasta La Moncloa.
Si hubiera que definir a Laporta con una sola palabra, esa sería tenaz. Desprovisto ya de cualquier rasgo de humildad, este presidente del Barcelona nada tiene que ver con aquel tipo fresco, de discurso coherente, buen vendedor de ideas y respetuoso con amigos y rivales que alcanzó la presidencia en las elecciones de 2003. Este Laporta se niega a ver la realidad, la pasa por el cedazo de su propia percepción, que lleva años alejándole de la que vive el barcelonismo militante, y la transforma en un universo insólito donde se regocija porque los miembros del antiguo G14 lo felicitan por su ¿victoria? en el voto de censura. Hace un mes decía que estaba buscando fuerzas para no hundirse; ahora asegura que le sobran. Hace tres meses se ponía de pie en el palco de Old Trafford para insultar al árbitro; hoy dice que no se reconoce. Hace diez años pedía la dimisión de Josep Lluís Núñez, que lo aplastó en el voto de censura; hoy, se aferra al cargo como nadie. Váyase, señor Laporta.
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