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Manolo Santana | 06/07/2008
M ientras paseo por el All England Club, me asaltan los recuerdos y la gente diciéndome que estaré triste ante la posibilidad de dejar de ser hoy el único tenista masculino español que ha ganado Wimbledon. No. No y no. Al contrario, no me gustaría despedirme sin haber visto antes a otro compatriota triunfando en este torneo tan especial. Han pasado 42 años, demasiados, desde mi triunfo frente a Dennis Ralston. Época de blanco y negro y televisión única. Tiempos en los que el deporte español vivía de pioneros y de gestas. Ya me toca tener sucesor y no encuentro a nadie mejor que a Nadal para pasarle el testigo. Nadie mejor que él, porque muchos años después ha hecho ver a los tenistas jóvenes que la hierba no es ya un enemigo. Rafa se ha marcado un objetivo, y lo va a conseguir.
Si no gana este año, será otro. Pero estoy seguro de su triunfo. No se puede obviar que delante estará Federer, un ángel en la hierba que no da opciones desde hace cinco años. Ellos serán protagonistas hoy de un ambiente especial, único. Ganar Wimbledon es lo que todo jugador sueña, especialmente si has nacido en España y lo has tenido por imposible. Es un mundo de protocolo, de rituales especiales como ese por el que el encargado del vestuario sacará hoy las bolsas de los finalistas, algo que no ocurre ningún otro día y que muestra a los tenistas desnudos antes de la lucha. El año pasado Rafa me sorprendió portando una raqueta en la mano. Listo para la pelea. Pleno de ganas. Como ayer en la entrevista conjunta que nos realizó la BBC, respetuosa con la Historia. Ya toca. Y me alegro.